lunes, 16 de septiembre de 2013

Fechas clave


Carta renuncia de Antonio López de Santa Anna. 16 de septiembre de 1847.


Carta renuncia de Antonio López de Santa Anna. 16 de septiembre de 1847.
El 16 de septiembre de 1847, con la capital del país en manos del ejército norteamericano, el general Antonio López de Santa Anna renunció a la presidencia de la República mediante una carta dirigida a los mexicanos desde la Villa de Guadalupe.
[…] La mencionada carta dirigida a la nación, reproducida íntegramente en la “Historia de Méjico” (1888) de Niceto de Zamacois, nos permite conocer parte de la versión de los hechos del hombre que tuvo en sus manos la principal responsabilidad de la defensa de la nación en esos críticos días. Aquí sus palabras: 
“Con el pesar más profundo os anuncio que después de continuos y extraordinarios esfuerzos, y al cabo de quince horas de continuo combate, me vi obligado a abandonar la capital cuando nuestras filas se habían disminuido tan notablemente, para salvar a ese digno pueblo de los estragos de los proyectiles del enemigo que había penetrado a nuestras líneas más cercanas, regando el paso con sus cadáveres, y con los dignos mejicanos que defendían heroicamente, palmo a palmo, el honor y derechos de su patria. Testigos habéis sido de que creando recursos donde no los había, trabajando día y noche, preparé las defensas de la ciudad de México; de que formé y reuní un poderoso ejército, a fin de arrancar algún favor a la fortuna tan esquiva para nosotros. La insubordinación de un general trastornó todo mi plan de operaciones, como ya sabéis. [...] 
Yo he buscado ansioso la muerte por todas partes, porque pérdida tan grande excitaba mi más justo despecho. En Chapultepec recibí una contusión, en Belén traspasaron mi vestido las balas enemigas, y a mi derredor desaparecieron los mejores soldados de la república. ¿Qué me puede restar en me- dio de duelo y angustia universal? La estéril satisfacción de la conciencia, la de haber sostenido personalmente el combate hasta el último extremo, la de haber vendido cara al enemigo su sorprendente victoria. Él me vio de frente en la Angostura, en Cerro Gordo, en Churubusco, en Chapultepec, en Belén, en San Cosme y en la ciudadela, y me encontrará, yo os lo juro do quiera que fuere útil y glorioso combatir. Debo también anunciaros que acabo de renunciar espontáneamente a la presidencia de la república. [...] 
Cuando el poder se me confió en muy aflictivas circunstancias, lo acepté para combinar los elementos de resistencia que pudiera haber en el país; y al avanzar el enemigo sobre la capital, reasumí también el mando militar para oponer una acción fuerte y concentrar todos nuestros recursos para su defensa; mas las circunstancias han cambiado después de la ocupación de México, y la separación de mandos es ya conveniente para servir a los mismos objetos. Combatir al enemigo en la línea de comunicación con Veracruz des- de la capital, es una necesidad urgente, y para mí debí tomar esa responsabilidad, porque mi puesto es siempre el de mayor peligro. [...] 
Las facciones no me disputarán ya el poder que gustoso abandono; si me disputaran el campo de batalla, allí me encontrarán sereno y firme".
Luis A. Salmerón, “Santa Anna renuncia a la presidencia de México”, Relatos e Historias de México, 61.

El Grito de Maximiliano. Paradojas de la Historia nacional.




El Grito de Maximiliano. Paradojas de la Historia nacional.
Nexos en línea.
Consulta: 16 septiembre 2013- http://registropersonal.nexos.com.mx/?p=3462

“El Grito” se celebra desde que Ignacio López Rayón lo recordó a dos años de iniciada la guerra de Independencia, y desde entonces es la conmemoración más popular de la historia de México. Entre todos los gobernantes que lo han celebrado desde entonces, el que probablemente resulte más sorprendente y hasta irónico, aunque sin dejar de ser motivo de seria reflexión histórica, fue el archiduque Maximiliano de Habsburgo. El monarca que en 1864 viajó al pueblo de Dolores para su celebración, pronunció un discurso funesto a los ojos de los conservadores que se habían tomado tantas molestias por que algún miembro de una casa reinante europea gobernara a México.
La manera en que Francisco de Paula de Arrangoiz relata el discurso de Maximiliano en su obra México desde 1808 hasta 1867 es prueba de esta profunda decepción. Él que junto a José Manuel Hidalgo y José María Gutiérrez de Estrada había participado tan activamente durante la instauración de la monarquía de Maximiliano en México, no podía contener su enojo ante una situación que explícitamente tiraba por la borda todo aquello que proponía el proyecto monárquico.  Apenas instaurado el gobierno de Maximiliano, Arrangoiz sería nombrado embajador, pero incapaz de sostener su desacuerdo con el rumbo liberal de la administración del archiduque, firmó su renuncia un año después.
Aquí el discurso pronunciado por Maximiliano hace casi 150 años, acompañado del juicio de quien hubiera sido su entusiasta promotor.  El discurso es prueba de ese liberalismo que llevó a Arrangoiz, como a muchos otros, a deslindarse del monarca y nunca más regresar a México. Sin embargo, es también prueba de las paradojas de esa historia nacional que hoy celebramos con orgullo.
 Se dirigió Maximiliano, además de León, a otras poblaciones del Estado de Guanajuato, entre ellas a la villa de Dolores, la misma en donde dio el grito de insurrección el cura Hidalgo. Maximiliano en su propósito de hacerse popular con los republicanos, quiso celebrar suceso tan funesto para México con el siguiente discurso que pronunció en la noche del aniversario, desde el balcón de la casa que habitó Hidalgo:
“Mexicanos.- Más de medio siglo tempestuoso ha transcurrido desde que en esta humilde casa, del pecho de un humilde anciano, resonó la gran palabra de independencia, que retumbó como un trueno del uno al otro océano por toda la extensión del Anáhuac, y ante la cual quedaron aniquilados la esclavitud y el despotismo de centenares de años. Esta palabra, que brilló en medio de la noche un relámpago, despertó a todo una nación de un sueño ilimitado a la libertad y a la emancipación; pero todo lo grande y todo lo que está destinado a ser duradero, se hace con dificultad, a costa de tiempo.
Años y años de pasiones, combates y luchas se sucedían: la idea de la Independencia había nacido ya, pero desgraciadamente aún no lo ve la nación. Peleaban hermanos contra hermanos; los odios de partido amenazaban minar lo que los héroes de nuestra hermosa patria habían creado. La bandera tricolor, ese magnífico símbolo de nuestras victorias, se había dejado invadir por un solo color, el de la sangre. Entonces llegó al país, del apartado Oriente, y también bajo el símbolo de una gloriosa bandera tricolor, el magnánimo auxilio; una águila mostró a la otra el camino de la moderación y de la ley. El germen que Hidalgo sembró en este lugar, debe ahora desarrollarse victoriosamente, y asociando la independencia con la unión, el provenir es nuestro. Un pueblo que, bajo la protección y con la bendición de Dios, funda su independencia sobre la libertad y la ley, y tiene una sola voluntad, es invencible y puede elevar su frente con orgullo. Nuestra águila, al desplegar sus alas, caminó vacilante; pero ahora que ha tomado el buen camino y pasado el abismo, se lanza atraída y ahoga entre sus garras de fierro la serpiente de la discordia; mas al levantarse nuestra patria de entre los escombros, poderosa y fuerte, y cuando ocupe en el mundo el lugar que le corresponde, no debemos olvidar los días de nuestra independencia ni los hombres que nos la conquistaron. ¡Mexicanos, que viva la independencia y la memoria de sus héroes!”

Lenguaje impolítico, falso, ofensivo a los antepasados de Maximiliano, a la familia reinante de España, al partido conservador; lenguaje que usaba faltando a la verdad a sabiendas, pues más de una vez había leído la Historia de México de don Lucas Alemán.